Pérdida del olfato

La pérdida del olfato (anosmia) o la disminución en la capacidad de oler (hiposmia) ocurre cuando los olores se perciben de forma más tenue o no se detectan. Puede afectar la calidad de vida y la seguridad cotidiana; la causa y la evolución varían según la situación individual.

¿Qué es y cómo se percibe?

La pérdida del olfato puede ser completa o parcial. Algunas personas notan que ya no detectan olores, otras que éstos son más débiles o distintos. El sentido del gusto está estrechamente ligado al olfato, por lo que los alimentos pueden parecer menos sabrosos o con sabores alterados.

Causas frecuentes y factores de riesgo

Entre las causas más habituales figuran infecciones de las vías respiratorias superiores, rinitis alérgica, pólipos nasales y sinusitis crónica; también pueden intervenir traumatismos craneales, el envejecimiento o ciertas enfermedades neurológicas. Algunas infecciones virales, incluida la COVID-19, se han asociado con aparición súbita de pérdida olfativa.

Cuándo consultar y qué pruebas pueden hacer

Si la pérdida de olfato persiste varias semanas o aparece junto con otros trastornos neurológicos, conviene consultar con un especialista en Otorrinolaringología. La valoración suele incluir historia clínica, examen nasal y pruebas estandarizadas de olfacción; en casos necesarios se usan endoscopia nasal o imágenes (TC o RM) y derivaciones a neurología.

Medidas prácticas para la vida diaria y seguridad

La pérdida del olfato dificulta detectar alimentos estropeados o peligros como fugas de gas o humo. Revisa fechas de caducidad y apariencia de alimentos; instala detectores de gas y humo; y cuide la alimentación vigilando textura y señales visuales. Si la pérdida del olfato influye en el apetito o la nutrición, consulte a un profesional sanitario.

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