La dislipidemia se refiere a niveles de colesterol y/o triglicéridos fuera de los rangos habituales. A menudo no provoca síntomas, pero con el tiempo puede aumentar el riesgo de enfermedad cardiovascular y, en niveles muy altos de triglicéridos, de pancreatitis. Aquí encontrará causas habituales, pruebas que se realizan, medidas de estilo de vida útiles y qué especialidades pueden intervenir. Si tiene signos agudos como dolor torácico, falta de aire súbita o déficits neurológicos, busque atención de urgencia.
¿Qué es la dislipidemia y qué tipos existen?
La dislipidemia engloba alteraciones en distintas fracciones lipídicas: LDL (colesterol “malo”) elevado, HDL (colesterol “bueno”) bajo, aumento de triglicéridos o incremento del colesterol total. Puede ser primaria (por ejemplo, hipercolesterolemia familiar) o secundaria a otras afecciones como hipotiroidismo, enfermedad renal, consumo elevado de alcohol o algunos fármacos.
Factores de riesgo y posibles complicaciones
Factores como diabetes tipo 2, obesidad, tabaquismo, sedentarismo, consumo excesivo de alcohol y antecedentes familiares de enfermedad coronaria precoz aumentan la probabilidad de dislipidemia y sus consecuencias. A largo plazo, la dislipidemia favorece la aterosclerosis y enfermedades cardiovasculares. Triglicéridos muy altos pueden aumentar el riesgo de pancreatitis. La valoración del riesgo es individual y puede requerir derivación a cardiología o endocrinología.
Diagnóstico: pruebas habituales
El diagnóstico se apoya en un perfil lipídico que incluye colesterol total, LDL, HDL y triglicéridos. Hoy en día pueden usarse pruebas en ayunas o no en ayunas; en casos concretos se pueden solicitar apolipoproteína B, pruebas de función tiroidea, glucemia y pruebas hepáticas o renales. Calculadoras de riesgo cardiovascular ayudan a decidir seguimiento y necesidad de consultas especializadas.
Medidas de estilo de vida y prevención
Cambios en la dieta (reducir grasas saturadas y trans, aumentar fibra, limitar azúcares refinados), actividad física regular, control del peso, dejar de fumar y moderar el consumo de alcohol suelen mejorar el perfil lipídico. Estas medidas son generales; la estrategia concreta debe adaptarse a cada persona tras evaluación clínica.